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Prácticamente no se sabe nada de Ellos excepto lo que han dejado atrás. Su símbolo como se muestra arriba aparece  dondequiera que han sido al igual que sus escritos que tuercen y retuercen como con una vida propia. Escrituras que, por solo ser vistos muy por debajo del desierto vacio de una de las lunas de Sol Drakoni, casi mató a Alejandro.   

Eso no es todo lo que dejan, por todos los dioses, si tan solo así fuera. 

Dejan mundos muertos, poblaciones enteras degradadas y profanadas en la muerte, abusadas y hechas parte de actos de los que incluso el peor de los psicópatas rehuiría. 

Y siempre dejan un testigo.

Se desconoce cómo eligen a la pobre alma que ha de sentir honrada a ser espectador a la muerte de todos los que conoce y ama. Le cortan los párpados con cuidado y la dejan, con los ojos secos, para que observe la carnicería, la violación, el sacrilegio y la tortura. Levantarán sus "árboles" cristalinos de púas, espinas y ganchos y empalarán a los que más piden muerte sobre ellos y... copularán bajo las lluvias de sangre. Todo mientras el superviviente elegido se ve obligado a mirar y perder la cordura, tal vez el acto mas depravado de todos.   

Dejan a la pobre alma, demasiado destrozada para incluso acabar con su propia vida, sola entre los muertos y sus pesadillas. No toman nada de valor, ni esclavos ni tributos, simplemente vienen, llevan a cabo sus atrocidades y no dejan más que su testimonio vivo. 

En una luna sin nombre, cerca de las ruinas de una de las Arcas de la humanidad, Kalliades y Neshaa se encontraron con una de esas almas en su peregrinaje para encontrar a Alejandro. Todo lo que pudo decir, una y otra vez fue "Vienen. Vienen. Vienen..." con el corazón roto, Neshaa le dio la paz de Ahura Mazda a ese chico devastado.  

Cuando, al reunirse con Alexander en el espacio profundo, en órbita alrededor de otra luna sin nombre, abordaron el Hyperion's Bane, un crucero de Kalshodar perdido hace mucho tiempo, vieron un horror tan terriblemente familiar en la cubierta principal de embarque de esa nave. Vieron a Lysander y toda su compañía de Kalshodar empalados en esos mismos "Árboles del Dolor" como los llamaba Lupernikes. El Dracograth que colgaba sanando alrededor de las espinas vampíricas de esos árboles de cristal viviente antes de ser rasgado, desgarrado y desangrado una vez más. Nadie había escuchado a un Kalshodar, y menos un Dracograth, gritar como él, ni siquiera Apatèon durante esa vivisección debajo de las calles de Lùndùn.  

 

Los Kalshodar y Dracograth que formaban el grupo de abordaje fueron arrancados de su enfermedad y horror por la tranquila orden de Alexander "Quemarlo todo", dijo en voz baja. "Quémalo con todo lo que tienes".

Solo aquellos que conocían bien a Alexander sabían que esto era una señal de que estaba en un lugar mucho más allá de la ira, el tono casi gris de sus ojo lo confirmaba. Quemarían a este lugar o él lo derribaría con sus propias manos. Colocaron sus cargas, recogieron las armaduras y las armas esparcidas y abandonaron el Hyperion en silencio. Minutos más tarde, en La Corona de Dragón,  Alejandro dio el orden a Navarch ApSion que abra fuego en el Hyperion y mortalmente herido, este nave de la muerta cayó hacia el gigante gaseosa de Sol Drakoni, para estar aplastado de la existencia por la altísima presión de su atmosfera.​

Alexander ha sido hada desde ese momento, de mal humor y retraído, incluso de sus amigos más cercanos a medida que avanza el viaje a Gaia. "Vienen", murmurará en las raras ocasiones en las que habla. "Ellos vienen."